Afuera, la ciudad seguía viva —autos, risas lejanas, música de otros bares—, pero para ella, todo sonaba apagado. Caminaba por las calles vacías con paso pesado. Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba. Era una mezcla de rabia, tristeza y esa amarga sensación de haber hecho lo correcto en el lugar equivocado. Esa noche, cuando llegó a su pequeño departamento en Tlaquepaque, su madre dormía en el sofá con el televisor a volumen bajo.
Julia no la despertó; se encerró en su habitación, se sentó en la cama y hundió la cabeza entre las manos. Pensó en dejarlo todo, en no volver a trabajar en bodas, en olvidar el japonés, en los sueños. Al otro lado de la ciudad, en una tranquila habitación de hotel, Kenji Yamasaki miraba por la ventana del piso 15.
Veía las luces de Guadalajara como si fueran de otra galaxia. No había encendido la luz. No tenía hambre. Solo tenía una imagen en la mente: Julia, extendiendo la mano hacia él en medio de la pista de baile. Ese instante breve y nítido, y lo que vino después. No comprendía del todo las palabras que habían dicho, pero sí las caras, las risas, el desprecio, y lo peor de todo, había visto cómo ella, la única persona que le había mostrado humanidad, era castigada por ello.
Kenji cerró los ojos, pensó en su país, su familia lejana, los años de negociaciones frías, todos los lugares donde había sido bienvenido por su dinero, pero nunca por su persona. Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió profundamente solo. Esa noche, ninguno de los dos durmió, y el mundo siguió girando, indiferente a los corazones que se rompían en silencio.
La mañana siguiente amaneció gris, con nubes bajas y un calor pegajoso que presagiaba tormenta. Julia no había dormido. Apenas se había movido de la cama, mirando al techo, repasando lo sucedido. En su celular no había mensajes ni llamadas, solo el silencio que suele seguir a una humillación pública.
Después del mediodía, se obligó a levantarse, se lavó la cara, preparó café, ayudó a su madre con sus medicamentos, todo lo hizo automáticamente, con una calma fingida que solo ocultaba el vacío. Fue al mercado. Caminó cabizbajo. Nadie en su barrio sabía qué había pasado, pero sentía el peso de cada paso, como si todos la estuvieran observando.
Al regresar, encontró algo en la puerta: un sobre. No tenía remitente, solo su nombre escrito a mano. Dentro, una simple tarjeta blanca con una sola frase en un español mal hablado: «Gracias por recibirme. Quiero entender. ¿Puedo invitarte a un K Yamasak?». Julia sintió una opresión en el pecho. La letra era torpe, pero firme.
Había algo profundamente humano en ese gesto. No era insistente ni condescendiente. Era una pregunta desde la soledad. Una puerta entreabierta. No sabía cómo había conseguido su dirección, pero algo le decía que no había peligro, que había sinceridad. Dudó durante horas hasta que respondió por correo electrónico con una simple frase.
Sí, pero primero, necesito que entiendas algo. Esa misma tarde, se encontraron en un discreto café del centro de Guadalajara, lejos de los salones de fiesta, los trajes y los murmullos. Kenji ya estaba allí cuando ella llegó, con una libreta sobre la mesa y un diccionario electrónico a su lado. Se levantó al verla e hizo una ligera reverencia.
Julia no sonrió, sino que se sentó frente a él. Lo miró a los ojos. «No me humillaron solo por bailar contigo», dijo en japonés. «Me humillaron porque no aceptan que alguien como yo se atreva a hacer algo fuera de lugar». Kenji la escuchó en silencio. Entonces sacó un papel doblado de su bolso. Era un certificado viejo, arrugado, pero aún legible.
Certificado de Competencia en Japonés, Nivel Intermedio Superior. Lo obtuve hace cuatro años. Estudié en una universidad pública. Tenía una beca. Quería ser traductor. Kenji frunció el ceño ligeramente, confundido. ¿Y por qué? Mi madre enfermó. No tenía dinero ni tiempo. Lo dejé todo, trabajé un poco de todo.
Ahora limpio casas, atiendo bodas y trato de no soñar demasiado, pero a veces todavía entiendo palabras que nadie espera que entienda. Kenji bajó la mirada y apretó los labios. Julia continuó con voz firme. No quiero que piense que fue por lástima. Lo invité a bailar porque yo también sé lo que es sentarse a una mesa donde nadie te habla, porque no tener poder no significa no tener dignidad.
Kenji la miró con una expresión distinta, una mezcla de profundo respeto y conmoción. Algo se rompía en su interior, y era evidente. En Japón, dijo con dificultad, también hay silencios que pesan, pero no sabía que aquí dolieran tanto. Entonces, del bolsillo interior de su chaqueta, Kenji sacó una hoja de papel doblada en cuatro, se la deslizó y Julia la abrió.
Era una carta firmada por el director de una fundación internacional. El Sr. Kenji Yamasaki es miembro activo de la fundación para el intercambio cultural y la formación de jóvenes traductores. Actualmente busca talento en Latinoamérica para participar en programas de becas y formación profesional en Asia. Pulia no lo entendió. Lo miró. Kenji asintió lentamente.
No lo dije en la fiesta. No quería parecer la salvadora. También me da miedo que no me vean como persona. Pero tú, que ya eres traductora, solo necesitas que alguien lo recuerde. Julia apretó la carta entre los dedos. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué decir. Ese día, en ese café sencillo, tuvo una revelación silenciosa.
Nunca fue invisible; simplemente estaba en un lugar que insistía en no mirar, y alguien finalmente la había visto. En los días siguientes, la vida de Julia se dividió en dos mitades. El mundo exterior, donde seguía trabajando turnos, cargando bandejas y cuidando a su madre, y el mundo secreto donde, sin saber cómo, había comenzado a recuperar partes de sí misma que creía perdidas.
Kenji cumplió su palabra. Su no le ofreció un milagro ni una salida inmediata, pero la conectó con un programa de educación a distancia de la fundación, le envió libros y materiales, y la puso en contacto con un mentor japonés. Todo seguía siendo informal, sin promesas escritas, pero por primera vez alguien le había abierto la puerta sin pedirle que se inclinara.
Julia estudiaba de noche mientras su madre dormía. Volvió a practicar la escritura, la lectura y la gramática. Temía volver a ilusionarse, pero no pudo evitarlo. Sin embargo, lo que ocurre en silencio, tarde o temprano, se vuelve ruidoso. Una tarde, mientras recogía copas en un evento sin importancia, Álvaro se le acercó con una expresión fría.
Así que ahora te crees importante —lo miró confundida—. Me dijeron que estás hablando con el japonés otra vez, que te busca. ¿Qué es esto? ¿Una historia de película? Pulia no respondió. Álvaro sonrió con cinismo. —Mira, te lo digo por tu bien. La gente como tú no termina bien cuando juega a cambiar de liga.
Y si sigues teniendo estas fantasías, no durarás mucho aquí. La amenaza no fue directa, pero sí clara. Esa noche, Julia caminó hasta el hotel donde sabía que Kenji aún se alojaba. Dudó en subir, dudó en llamar, pero lo hizo. Kenji la recibió con la misma calma de siempre. Estaba leyendo, sin corbata, sin pretensiones.
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