En la fiesta, nadie quería bailar con el millonario japonés… hasta que la camarera lo invitó en japonés…

 

 

 

Mientras tanto, en su rincón, Kenji seguía sin moverse mucho, pero algo en él había cambiado. Ahora sus ojos no miraban fijamente la sala, sino que buscaban. De vez en cuando, discretamente, miraban a Julia mientras pasaba entre las mesas. No era lujuria, no era romanticismo, era algo más simple y raro: gratitud. Era como si por primera vez en toda la noche, quizá en muchas noches, alguien lo hubiera visto como persona.

Los demás invitados seguían igual, riendo a carcajadas, bailando sin ritmo, fingiendo tranquilidad con bebidas caras, pero el murmullo alrededor de Kenji empezaba a volverse más ácido. ¿Qué hace ese tipo aquí? No baila ni habla. Probablemente lo invitaron por obligación. ¿Sabías que compró un terreno en Sayulita? Qué ridículo tener tanto dinero y no saber comportarse.

La crítica se disfrazó de broma, pero Julia, que pasaba por allí, sintió las palabras como puñales mal envueltos. Y aunque sabía que no le correspondía defender a nadie, se le encogía el estómago con cada palabra. Esa noche, durante la cena, Julia volvió a acercarse a su mesa, no por protocolo, sino porque algo la empujaba. Le puso delante un plato que no le correspondía llevar.

Kenji la miró con dulzura. Esta vez no dijo nada, solo lo miró un segundo con una expresión firme pero serena, como si dijera: «No estás sola aquí». Al darse la vuelta, oyó la voz grave de una mujer detrás de ella. «¿Viste a la camarera? ¿Qué hace hablándole como si fueran amigos?». Las palabras la golpearon más de lo que quería admitir, no por vergüenza, sino por impotencia.

En esa sala, nunca la verían más que como una camarera. Y, sin embargo, acababa de hacer algo que nadie allí había podido hacer: hablar con él, escucharlo. Esa noche, cuando el DJ se hizo cargo de la música y las luces se atenuaron, Julia supo que algo se estaba gestando.

No en la sala, sino en ella, y en él también. Kenji levantó la vista una última vez hacia la pista, donde las parejas bailaban sin invitarlo, sin siquiera pensarlo, y en ese instante sus miradas se cruzaron. Ella, sin pensarlo, hizo un gesto que parecía una invitación silenciosa, apenas perceptible, casi imperdonable para alguien como ella en ese contexto.

No se movió, pero no bajó la mirada. La fiesta empezaba a desequilibrarse, y nadie lo sabía aún. La música cambió. El DJ sustituyó los boleros por una suave versión instrumental de un clásico romántico. La pista de baile se despejó un poco, dando paso a las parejas mayores, que se abrazaron con movimientos lentos y ceremoniales.

Fue el momento más emotivo de la noche. Fotos, risas contenidas, aplausos tibios. Julia seguía trabajando, pero su mente estaba en otra parte. Kenji no se había movido desde su llegada. Llevaba sentado más de tres horas, observando un mundo que no lo quería allí. Nadie le había hablado, nadie lo había invitado a bailar.

Y, sin embargo, él permanecía erguido como si no necesitara nada de eso, como si soportara en silencio la incomodidad de ser diferente, un extranjero, solo. Pero ella ya no podía soportarlo más. Con el corazón latiéndole con fuerza y ​​la garganta cerrada, Julia se acercó a su mesa una vez más, esta vez sin bandeja, sin excusas, solo ella frente a él.

Kenji la miró con una mezcla de sorpresa y alivio, y entonces ella habló en japonés, con voz temblorosa pero decidida. "¿Te gustaría bailar conmigo?". El silencio fue inmediato. Ni siquiera habían alzado la voz, pero algo en la atmósfera pareció congelarse. La miró fijamente, como si dudara de haber entendido bien. Ahora, preguntó, sin moverse.

Julia asintió. No sabía por qué lo hacía. No intentaba impresionar. No era un acto de rebeldía. Simplemente sentía que nadie más lo haría, y que dejarlo allí solo sería permitir una pequeña pero cruel injusticia. Kenji dudó. Le temblaban ligeramente las manos, pero se puso de pie. Sus pasos hacia la pista de baile eran lentos y cuidadosos.

Al principio nadie los notó, pero al llegar al final del círculo de bailarines, las miradas comenzaron a girar. Una camarera y el millonario japonés bailaban. La música continuó, pero las conversaciones se fueron apagando poco a poco, como si algo no encajara en la imagen perfecta de esa noche. Julia no bailaba como una profesional, pero sus pasos eran sinceros.

Miró a Kenji a los ojos con una ternura que no buscaba nada a cambio. Kenji, por su parte, movía los pies torpemente, pero con dignidad. No bailaban bien, pero bailaban. Y por un instante, breve, frágil y hermoso, pareció que el mundo los aceptaba. La gente los miraba, sí, pero sin decir palabra. Algunos con asombro, otros con una especie de curiosidad respetuosa.

Había algo poético en esa escena. Incluso el DJ, sin saber por qué, mantuvo la canción unos segundos más. Julia sonrió. Kenji apenas sonrió también. Era la primera vez esa noche, y por un instante creyó que todo estaría bien, que ese pequeño gesto bastaría para salvar la distancia, que la barrera entre ellos y nosotros podría romperse con un solo baile.

Pero entonces una carcajada resonó en el aire. "¿Qué es esto?", dijo alguien cerca de la barra. Otra voz, más fuerte. "Miren eso, la camarera y el millonario. Solo falta que ella lo bese para ganarse la propina". Y entonces, como una chispa en la gasolina, los murmullos se convirtieron en susurros. Las risas crecieron, las miradas se volvieron duras, no de todos, pero sí de suficientes.

Julia sintió el golpe, no físico, sino interno. Una punzada de vergüenza le recorrió la espalda y le quemó la cara. Kenji detuvo el movimiento y la miró. Había algo diferente en sus ojos. Ya no era ira, sino una especie de decepción silenciosa, no hacia ella, sino hacia el mundo. Julia bajó la mirada y dio un paso atrás.

"Lo siento", murmuró ahora en español, y se fue. Caminó rápidamente hacia la cocina, ignorando las voces, ignorando las órdenes de su jefe, que ya se acercaba con el ceño fruncido. Necesitaba desaparecer. En ese instante, deseó no haber hecho nada. Falsa victoria. Falso momento. La fiesta continuó, pero algo se rompió, y Kenji volvió a sentarse. Solo de nuevo.

La cocina era pequeña, calurosa y ruidosa, pero en ese momento, para Julia, era un refugio. Apoyó las manos en la mesa de acero y bajó la cabeza. El sudor de su frente se mezclaba con la vergüenza. Respiraba con dificultad, como si hubiera corrido kilómetros. El corazón le latía con fuerza en los oídos. Quería desaparecer. ¿Qué hice?, pensó.

¿En qué estaba pensando? No pasaron ni dos minutos cuando Álvaro irrumpió, sin gritar, pero con una mirada penetrante. "¿Puedes explicarme qué fue eso?", dijo en voz baja, pero con una furia que le quemó la piel. Julia intentó responder, pero no le salieron las palabras. "¿Sabes cómo eso nos hace estar frente al cliente, frente a los organizadores del evento, bailando con una invitada?". La más extraña, además. Lo miró sin defenderse.

No tenía forma de explicar lo que sentía. No tenía palabras para justificar algo que a todos los demás les parecía absurdo. «Vete a casa. Me encargaré de cerrar tu turno, pero aún quedan dos horas. No importa. Vete». La sentencia fue un veredicto. Sin más dilación, Julia colgó el delantal, cogió su bolso y salió por la puerta trasera.

 

 

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