Tenía treinta y dos años cuando descubrí que la historia con la que había vivido desde la infancia estaba incompleta.
Durante la mayor parte de mi vida, creí ser huérfana. Creí que mis padres se habían ido, que me habían arrebatado repentinamente cuando era muy pequeña, y que mi abuela había intervenido simplemente porque no había nadie más. Creí que esa pérdida era el punto de partida de mi historia.
Tres días después del fallecimiento de mi abuela, comprendí lo equivocada que había estado.
La carta llegó silenciosamente, colada en el correo como cualquier otro trozo de papel. Sin aviso. Sin explicación. Solo mi nombre escrito en el anverso con una letra que conocía mejor que la mía.
La casa me resultaba dolorosamente familiar.
La misma mesa de cocina desportillada donde comíamos cada comida.
El mismo suelo de vinilo desgastado que nunca perdió del todo su brillo apagado.
La misma silla al final de la mesa, vacía ahora, con su cárdigan aún colgando del respaldo como si pudiera necesitarlo más tarde.
El aire olía ligeramente a polvo y canela, el aroma que siempre la acompañaba, sin importar el tiempo que pasara.
Por costumbre, llené la tetera y saqué dos tazas.
Solo después de dejarlas me di cuenta de que ya no necesitaba la segunda.
El sobre estaba sobre la mesa, intacto.
Lo miré más tiempo del que quiero admitir.
"Esto no puede ser", susurré a nadie.
Aun así, preparé el té que nunca le gustó, porque era justo lo que ella habría hecho. La tetera hirvió. Vertí el agua. Me senté.
Y entonces abrí la carta.
Sus palabras me hirvieron más que cualquier cosa dicha en el servicio.
En un instante, ya no tenía treinta y dos años.
Volvía a tener seis.
Mi niña,
comenzaba la carta.
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