Todavía estás en la oficina cuando el edificio empieza a sentirse hueco, ese tipo de silencio que hace que cada clic del teclado suene como un juicio. Son casi las ocho, te duelen los hombros y te arden los ojos de tanto mirar números que mantienen cómodas a otras personas. Acabas de cerrar el proyecto más grande del año, el que todos van a presumir mientras tú absorbes el costo en silencio.
Tu teléfono descansa junto al portátil como un perro fiel, y decides enviarle un mensaje dulce a tu esposo, porque eso es lo que hacen las esposas en las historias con las que creciste. Escribes que lo extrañas y que esperas que su viaje de negocios en Singapur vaya bien. Ves que el mensaje se entrega y esperas esa pequeña burbuja reconfortante de respuesta.

No llega nada. Solo la pantalla brillante e indiferente… y tu propia respiración.
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