No lo sé. Cuando salieron del hospital, ya había empezado a oscurecer. Elías seguía maravillado, observando todo a su alrededor, las luces de la calle encendiéndose una por una, los aparadores iluminados, las siluetas de la gente pasando. Alejandro permanecía en silencio, perdido en sus pensamientos. “Papá”, dijo Elías en voz baja mientras subían al coche. “¿Crees que Dios hizo esto?” Alejandro no respondió durante un buen rato. Encendió el motor, pero no avanzó. “No lo sé, hijo”, admitió al fin.
Toda mi vida he confiado solo en mí mismo, pero lo que pasó hoy se pasó la mano por el rostro. No tengo manera de explicarlo. Yo sí creo dijo Elías con firmeza. María me habló del que sana y él me ayudó a ver. María, repitió Alejandro sintiendo como algo se apretaba en su pecho. Esa niña de pronto dio la vuelta con el coche y condujo de regreso hacia la plaza central. La noche había caído por completo y las farolas iluminaban el lugar casi vacío.
Solo unas pocas personas caminaban hacia las paradas del camión y los vendedores recogían sus puestos. Alejandro bajó del coche y empezó a preguntar a todos los que veía. Vio a una niña descalza, con un vestido viejo, de cabello oscuro. Un vendedor de frutas, ya anciano, negó con la cabeza. No he visto a nadie así. Y ya es tarde. Todos se fueron. Una mujer que cerraba su tienda de flores se detuvo. Una niña descalsa. Sí, la vi esta tarde.
Siempre está aquí, sentada en esa banca. Señaló una niña extraña, como si siempre estuviera esperando a alguien. ¿Sabe dónde vive? Alejandro dio un paso más. No tengo idea. Solo viene y se va. A veces habla sola, a veces solo se sienta. Pero no la he visto desde el mediodía. Alejandro recorrió la plaza central preguntando a todos los que aún seguían ahí. Algunos habían visto a la niña por la mañana, otros al mediodía, pero nadie sabía dónde vivía ni hacia dónde había ido.
Un hombre sin hogar, sentado junto a la reja de una iglesia, dijo, “Esa niña viene por aquí desde hace como 3 años. Una vez me dijo que esperaba a una persona especial a la que tenía que ayudar. Pensé que lo imaginaba. 3 años”, repitió Alejandro. Ha venido durante 3 años. Sí, casi todos los días. Se sentaba en esa banca y esperaba. Y esta noche la vi caminar hacia el cerro que está fuera de la ciudad. Ya no volvió.
Alejandro regresó al coche donde Elías estaba acurrucado en el asiento trasero abrazando sus rodillas. “¿No la encontraste?”, preguntó el niño en voz baja. “No”, dijo Alejandro, dejándose caer en el asiento y cubriéndose el rostro con las manos. Nadie sabe dónde está. Ella era real, ¿verdad, papá? La voz de Elías tembló. No la imaginé, ¿cierto? No, hijo, no la imaginaste. Yo también la vi y mucha gente más. Esa noche Alejandro no durmió. Se quedó acostado mirando el techo con un solo pensamiento dando vueltas sin descanso.
La había lastimado. Le gritó, la llamó mentirosa, ni siquiera le dio las gracias. y ella había salvado a su hijo. Le devolvió algo que parecía imposible recuperar. Su esposa dormía a su lado, pero Alejandro no podía compartir nada con ella. Era una mujer racional, contadora en una empresa grande y su mundo estaba hecho solo de hechos y números. Cuando él intentó contarle lo sucedido, ella solo se encogió de hombros. Los doctores seguramente lo diagnosticaron mal o hubo una remisión espontánea.
He leído pasa, Olivia, ¿no entiendes? intentó explicarle a Alejandro. No fue un error. ¿Fue qué? Un milagro. Se burló ella. Alejandro, somos adultos. Los milagros no existen. Pero él sabía que un milagro había ocurrido y no podía librarse de la culpa que lo consumía. A la mañana siguiente, despertó con una decisión firme. Dejó a su esposa en casa, llevó a Elías y manejó de regreso a la plaza central. El niño insistió en sentarse en la misma banca donde todo había comenzado.
“Aquí huele a madera y a algo fresco”, dijo Elías respirando hondo. Nunca supe cómo olía la mañana. Alejandro se sentó a su lado, puso una mano sobre el hombro de su hijo y observó como la plaza recuperaba vida. Los vendedores montaban sus puestos. La gente caminaba apresurada. “Papá”, dijo Elías en voz baja. “si la encontramos, ¿le pedirás perdón?” Alejandro tragó saliva. “Sí. Hijo, me arrodillaré y le pediré perdón. Me equivoqué. Tenía miedo de lo que no entendía y actué como un cobarde.
No eres un cobarde, replicó Elías. Solo estás acostumbrado a controlar todo. Y aquí no había nada que controlar. Dicho por un niño de 11 años, sonó sorprendentemente sabio. Los ojos de Alejandro se humedecieron. De pronto, una ráfaga de viento cruzó la plaza central, levantando polvo y hojas secas. Algo brillante revoloteó entre el aire y cayó justo a los pies de Elías. Los dos se quedaron inmóviles. Elías se agachó despacio y recogió el hilo delgado. Brillaba en su mano, reflejando la luz del sol exactamente igual que los velos que María había sacado de sus ojos.
“Papá”, susurró el niño. “Es de ella, está cerca.” Alejandro miró alrededor, pero no vio a nadie que se pareciera a María. La gente pasaba sin prestar atención. ¿O quiere que sepamos que está cerca?”, añadió Elías en voz suave, “Aunque no podamos verla”. En ese momento, una mujer mayor con el cabello plateado bien recogido se acercó. Era la misma dueña de la floristería con la que Alejandro había hablado la noche anterior. “Perdonen que interrumpa,” dijo con dulzura, “pero escuché que ayer buscaban a esa niña.
Me llamo María del Rosario Njera.” Alejandro se levantó de un salto de la banca. “¿Sabe algo de ella, María del Rosario Náera? sintió y se sentó junto a Elías, que aún sostenía el hilo brillante. Conocí a María, comenzó. Bueno, conocer quizá es una palabra muy fuerte. Empezó a venir por aquí hace como 3 años, pequeña, delgada, siempre descalsa. Más de una vez intenté comprarle zapatos o traerle comida, pero siempre lo rechazaba con educación. ¿Dijo alguna vez de dónde era?, preguntó Alejandro.
No solo una vez mencionó que vivía en las afueras de la ciudad, cerca del cerro, pero cuando le pregunté por sus padres, solo sonrió y dijo que alguien cuidaba de ella. La mujer hizo una pausa. Era una niña extraña. A veces se quedaba sentada en esta banca por horas observando a la gente. Una vez le pregunté qué hacía y me dijo, “Estoy esperando mi propósito. Nunca entendí qué quería decir. ¿Y ayer?”, preguntó Elías inclinándose hacia adelante. “¿La vio anoche?” “Sí”, asintió.
Después de que ustedes se fueron, se quedó un rato en la plaza central. La gente se le acercó, le hizo preguntas, pero casi no respondía. Luego vino hacia mí, sonrió y me dijo, “Mi trabajo aquí terminó.” Le pregunté qué significaba, pero solo se dio la vuelta y caminó hacia el cerro. “¿El cerro?”, repitió Alejandro. “¿Qué hay en ese cerro?” María del Rosario Nájera suspiró. Allá arriba hay un panteón antiguo y una capilla abandonada. Casi nadie va, pero vi a María caminar hacia allá varias veces.
Dicen que la capilla es un lugar tranquilo para rezar. El corazón de Alejandro empezó a latir con fuerza. “Muéstreme cómo llegar”, dijo. “Vamos a ir, papá”, preguntó Elías poniéndose de pie. “Sí, hijo, tenemos que encontrarla.” María del Rosario Nájera dibujó un mapa sencillo en una hoja, explicándole el camino hacia el cerro. Alejandro se lo agradeció y, tomando a Elías de la mano, se dirigió al coche. El camino tomó como 20 minutos. Salieron de la ciudad avanzando por brechas estrechas hasta que vieron un cerro pequeño cubierto de hierba y árboles dispersos.
En la cima había cruces viejas del panteón antiguo y una pequeña capilla blanca con la pintura desgastada subieron por el sendero. Elías se detenía a cada momento para observarlo todo. Las flores del camino, los pájaros en lo alto, las nubes con formas fantásticas. El mundo entero le parecía nuevo y cada detalle un milagro. La capilla era diminuta, con una puerta baja y ventanas estrechas. Alejandro empujó la puerta, crujió fuerte al abrirse. Adentro hacía fresco y silencio. Los rayos del sol entraban por los vidrios polvorientos, iluminando filas de bancas sencillas y un altar pequeño al fondo.
“No hay nadie”, susurró Elías. Alejandro miró alrededor. La capilla estaba vacía, pero en el alfizar de una ventana vio algo brillar. Al acercarse, encontró otro hilo delgado y transparente, igual al que Elías había encontrado antes. Lo tomó con los dedos temblorosos y miró a su hijo. “Estuvo aquí”, murmuró. Elías se acercó y se puso a su lado. En el silencio de la capilla, Alejandro sintió que algo dentro de él se quebraba. Todo su orgullo, su necesidad de controlar, su certeza de que podía comprar o resolver cualquier cosa, todo se hizo pedazos.
cayó de rodillas en medio de la capilla. Las lágrimas le corrían por el rostro y no intentó detenerlas. “Perdóname”, susurró al aire vacío. “Perdóname, María.” Estaba ciego, no con los ojos, sino con el corazón. “Tú devolviste la vista a mi hijo y yo ni siquiera te di las gracias. Te grité, te alejé. Perdóname.” Elías se arrodilló a su lado y lo abrazó. “Papá, no llores”, dijo suave. “Creo que ella nos escucha. donde quiera que esté. Se quedaron así varios minutos hasta que Alejandro pudo tranquilizarse.
Luego se levantó, se limpió el rostro y miró a su hijo. “¿Sabes qué entendí hoy, hijo?”, dijo con voz ronca. “Creí que la fuerza significaba poder comprar lo que quisiera, pero la verdadera fuerza es aceptar tu debilidad, aceptar que hay cosas que no se pueden controlar. Y creer,”, añadió Elías. “Sí”, asintió Alejandro. y creer. Salieron de la capilla y bajaron despacio el cerro. En el camino de regreso, Elías preguntó, “Papá, ¿vamos a seguir buscándola?” Alejandro pensó durante un largo momento.
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