El hijo del millonario había sido ciego hasta que una joven le retiró algo de los ojos que nadie habría podido imaginar. Era uno de esos días de verano en los que el sol caía a plomo y el aire llevaba el aroma de pan dulce recién hecho de los puestos cercanos y los gritos de los vendedores que llamaban a los transeútes. La plaza central tenía su movimiento de siempre. Mujeres escogiendo fruta, hombres hablando de las noticias, niños corriendo entre los puestos.
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