Años de burla y humillación
Cuando quedé embarazada, empezaron a correr rumores por todo el pueblo:
¡Qué vergüenza! ¡Embarazada sin marido! ¡Una vergüenza para tus padres!
Apreté los dientes y lo soporté todo.
Con mi barriga cada vez más grande, trabajaba donde podía: desherbando, cosechando arroz, lavando platos en un restaurante.
Algunos tiraban basura frente a mi casa, otros me hablaban en voz alta al pasar:
“El padre de tu hijo debe haber huido… ¿quién querría soportar semejante vergüenza?”
Ellos no sabían que el hombre que yo amaba se puso muy contento cuando supo que yo estaba esperando un hijo.
Me dijo que regresaría a casa para hablar con sus padres y pedirles su bendición para casarse.
Le creí con todo mi corazón.
Pero al día siguiente, desapareció sin dejar rastro.
Desde entonces lo esperé todos los días: ni noticias, ni mensajes.
Pasaron los años y crié a mi hijo sola.
Había noches en las que lo odié por el dolor que me recordaba; otras en las que lloré y recé para que su padre aún estuviera vivo… aunque él ya me había olvidado.
Diez años de lucha
Para poder enviar a mi hijo a la escuela, trabajé incansablemente.
Ahorré cada moneda y me tragué cada lágrima.
Cuando otros niños se burlaban de él por no tener padre, lo abracé fuerte y le dije:
Tienes a tu madre, hijo. Y eso es suficiente.
Pero las palabras de la gente eran como cuchillos que me atravesaban el corazón una y otra vez.
Por la noche, mientras él dormía, miraba a la luz de la lámpara y recordaba al hombre que amaba —su sonrisa, su mirada cálida— y lloraba en silencio.
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