El golpe contra la puerta del garaje fue suave, más como el roce de una mano frágil que como un sonido que pedía ayuda. Acababa de bajar del coche; la arena de quince meses en Afganistán aún se pegaba a mi uniforme. Mis botas no llevaban ni tres horas en suelo estadounidense, y ya sentía que algo iba mal. La casa estaba extrañamente silenciosa. Ninguna risa. Ninguna música. Ningún sonido de mi pequeña corriendo a saludarme.
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