“Sarah”, digo, sintiendo un calor que me recorre el pecho, “no hay nada en este mundo que me haga más feliz”.
Tres meses después, en un claro día de primavera, veo a mi hijo casarse con la mujer que ama en el jardín que planté con mis propias manos. Los invitados son personas que realmente se preocupan: sus compañeros de trabajo, nuestros vecinos, la clase de personas que saben lo que es la lealtad.
Holly no está allí.
No la extraño.
Cuando el oficiante pregunta si alguien se opone, mi mirada se dirige a las pocas sillas vacías donde alguna vez imaginé que se sentaría mi "familia de origen". Por primera vez en mi vida, no siento ninguna punzada por su ausencia; solo una paz profunda y sólida.
Después de la ceremonia, Marcus me abraza.
"Gracias", susurra.
“¿Para qué?” pregunto.
“Por enseñarme lo que es el verdadero amor”, dice. “Por demostrarme que la familia es algo que se elige”.
“Gracias”, respondo, “por elegirme”.
Esa noche, cuando los últimos invitados se han marchado y los pétalos de rosa están esparcidos por el césped, me siento sola en el patio y miro a mi alrededor.
Dentro de unos meses, este mismo jardín resonará con las risas de niños que aún no existen. Les enseñaré a plantar flores, a cuidar la tierra, a proteger sus corazones. Les mostraré que las cosas más hermosas de la vida crecen cuando las riegas con amor, no por obligación.
No sé qué fue de la mujer que me dio la vida. Solo sé en quién decidí convertirme.
Soy la mujer que finalmente aprendió a amarse a sí misma tan intensamente como amó a su verdadero hijo.
Y esa vida —la que se construye sobre el amor elegido, no sobre el deber forzado— vale cada lágrima que se desperdició para alcanzarla.
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