Cuando mi abuelo entró después de dar a luz, sus primeras palabras fueron: "Cariño, ¿no te bastaban los 250.000 que te enviaba cada mes?". Se me paró el corazón. "Abuelo... ¿qué dinero?", susurré. En ese preciso instante, mi marido y mi suegra irrumpieron con los brazos llenos de bolsos de lujo y se quedaron paralizados. Sus rostros palidecieron. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo iba terriblemente mal...
Cuando nació mi hija, pensé que lo más difícil de la maternidad sería el agotamiento: las noches sin dormir, las tomas constantes, los pañales sin fin. Nunca imaginé que la verdadera sorpresa vendría de mi propia habitación de hospital, cuando mi abuelo, Edward, entró con un ramo de flores y su sonrisa dulce y familiar. Entonces hizo una pregunta que casi me para el corazón.
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