El silencio que decía mucho
Cuando nacieron los quintillizos en 1995, la sala de partos no estalló en vítores. No hubo lágrimas de alegría ni gritos de alegría. En cambio, el silencio se cernía sobre el aire, un silencio incómodo que transmitía sospechas y palabras no dichas, adheridas a las estériles paredes blancas.
Anna yacía exhausta, temblando tras horas de parto, con la piel húmeda de sudor. En sus brazos descansaban cinco pequeños recién nacidos, cada uno envuelto en suaves mantas de color pastel. Los trillizos habrían asombrado al personal del hospital, pero ¿quintillizos? Eso era más que raro. Debería haber sido un milagro. Sin embargo, nadie en la habitación los miró con asombro.
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