Cuando cumplí 36, los vecinos murmuraban: "¿A esa edad y aún sin esposa? ¡Será soltero para siempre!".

Pero para mí, nada de eso importaba. Al mirar a Hannah, vi los mismos ojos dulces y cansados ​​que había visto por primera vez aquel frío día de invierno. La amaba no por su nombre ni por su riqueza, sino por su corazón: el mismo corazón que silenciosamente había transformado mi solitaria casa en un hogar.

Desde entonces, nuestra historia se ha convertido en una especie de leyenda en el pueblo. Ya no se habla de ella; en cambio, la cuentan como recordatorio de que al amor no le importa de dónde vienes, solo adónde pertenece tu corazón. Y cada invierno, cuando veo la nieve caer fuera de nuestra ventana, agradezco en silencio al destino por haberme llevado hasta Hannah ese día.

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