Greta y Eliza fueron citadas de inmediato. La policía había encontrado pruebas suficientes para abrir un caso penal. Pero había algo más que yo desconocía: una herencia.
Lars nunca habló de su padre porque su relación siempre había sido tensa. Pero antes de morir, el hombre dejó una inversión considerable a nombre de Lars... y una cláusula:
“Cualquier miembro de la familia que perjudique a su esposa o a sus descendientes será automáticamente excluido del patrimonio familiar”.
Greta y Eliza lo sabían.
Por eso me odiaban.
Por eso siempre habían intentado separarnos.
Cuando la cláusula se activó por la queja de Lars… lo perdieron todo.
Las vi en el juzgado semanas después. Greta parecía envejecida al instante. Eliza, demacrada, sin maquillaje, sin la arrogancia que siempre la había caracterizado.
"¿Estás feliz ahora?" espetó Greta mientras Lars y yo pasábamos caminando.
Lars la miró sin parpadear.
—No. Pero estoy en paz.
El juicio avanzó con rapidez. Las pruebas fueron abrumadoras: testigos, fotografías del ataque, informes médicos y años de grabaciones.
El juez dictaminó:
“Orden de restricción, multa por daños y perjuicios y cargos criminales por agredir a una mujer embarazada”.
Eliza estalló en lágrimas.
Greta gritó que era “injusto”.
Pero yo… yo sólo sentí silencio.
Un silencio que había esperado años.
Desde entonces, Lars cambió.