A los 40, acepté casarme con un hombre con una pierna discapacitada. No había amor entre nosotros. Durante nuestra noche de bodas, temblé al levantar la manta y descubrir una verdad impactante.

 

 

 

Sin embargo, James ya no estaba sentado en la silla de madera del porche.

Él estaba acostado en el dormitorio, su respiración cada vez era más débil.

Le agarré la mano y le dije entre lágrimas:

—No te vayas, James. Aún no he terminado de preparar el té de hoy.

Él sonrió, apretando mi mano con fuerza:

—Ya lo he conseguido. Huelo a canela... Basta, Sarah.

Luego cerró suavemente los ojos, con la sonrisa aún en sus labios.

Un año después de la muerte de James, todavía vivía en esa vieja casa.

Cada mañana de otoño, todavía preparaba dos tazas de té y colocaba una delante de la silla vacía.

Todavía susurraba como antes:

James, el té está listo. Solo que este año las hojas de arce se cayeron antes.

Sé que todavía está ahí: en el viento, en el aroma del té, en los latidos de mi corazón.

Hay amores que llegan tarde, pero duran para siempre, no hacen falta votos ni tiempo para demostrarlo.

Una sola taza de té de otoño es suficiente para calentar toda una vida.

 

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